Mi primera entrevista en el 36

IMG_20130117_154722

“Eu tiña catorce anos, era o 18 de xullo de 1936 e estabamos bailando na festa do Carmen en San Mateu, en Ponteareas, sabes? Onde paramos os sábados a comprar as rosquillas cos teus pais antes de chegar á aldea…

-Si, si, xa sei. A ver, conta, que máis?

Pois estabamos alí, na festa do Carmen, en San Mateu, ie… de súpeto, apareceron os gardas. Pararon a música e subiron ao palco berrando: “¡¡Estamos en guerra, estamos en guerra!! Mataron en Madrid a José Calvo Sotelo, todos para as vosas casas…”

Me entregaron el texto publicado el día del entierro de su marido. No pude asistir. Se merecían que alguien contara su historia, aunque sus manos ásperas y llenas de surcos delataban que ya la habían escrito hacía tiempo: él, en las vías del tren, y ella, en casa criando a tres hijos, siete nietos “e botando as patacas”.

“Os comunistas querían tomar o poder, pero Franco mobilizouse e comezou a recrutar a todos os mozos de máis de 18 anos para levalos ao fronte. Os comunistas mataban pola noite aos de dereitas e pola mañá aparecían todos os corpos tirados nas cunetas, dende As Neves ata Ponteareas. Aquí, en Leiradiño, queimaron a igrexa e romperon os cruceiros, destrozaron a zona onde xogabamos os domingos.

Franco gañou a guerra, pero aínda así aparecían corpos tirados pola estrada. Era a esquerda. Conteiche algunha vez que tiven un compadre comunista?

-Creo que non…

Pois si, tiña un compadre comunista. Era zapateiro. Tiña unha zapatería e nela reuníase cos seus amigos para lidiar e ir contra os de dereitas, e sabes que?

-Que?

Cando Franco acadou o poder, levárono ao Castro, en Vigo, e matárono. Déronlle o famoso paseíllo. En Redondela sucedeu algo similar. Ai! Tiñamos un médico tan bo… Chamábase Telmo Bernárdez, era moi querido entre nós, e un día viñeron os gardas a por el. Todos protestamos, xa che dixen que era moi querido, rogamos e suplicamos que non o matasen…. Para cando chegou o indulto, xa se desfixeran del.

-E como era o conto do bacallau?

Ah! Pois nada, o dito viña sendo: ” Franco entrará en Bilbao cando este gato coma bacallao”.  Os vascos colgáranche un gato morto atado a un pau con ese carteliño. Durante a guerra, todos os alimentos estaban racionados. Pasouse moita fame. Pasei moita fame. A xente chegaba aos extremos de rillar os carozos das espigas de millo e con eles facían pan. Miña nai pasaba por Arbo a miúdo, sabes que está aí ao lado, preto de Portugal. Por aí circulaban os alimentos, ela collía canto podía para nós e para as veciñas de Leirado”.

Ya no levanta la vista y juega con el anillo entre sus dedos marchitos. Suspira. Le pregunto por él y se lleva la mano a su fino cabello.

“El foi a guerra aos 18 anos, xa sabes. Non tivo outro remedio. Era cociñeiro. Case todos os días tiña que facer lentellas, por que cres que sempre funga cando llas poño no prato? Di que non mas quere porque quedou farto delas naqueles anos”.

Y su mirada se pierde en el mantel.

Esta conversación tuvo lugar años más tarde, mucho después de mi primera entrevista con él en el 36. Me robaron la publicación en cuanto me subí al coche. Intenté resistirme porque no era el momento, tampoco el lugar. Quería evitar precisamente lo que sucedió, hacer llorar a nadie. No era el momento. Avergonzada la escondí, y la enterré, al igual que ella lo enterró a él.

“As meigas nos Montes de León”

Por aquel entonces, en el 36, me apasionaban los lienzos, escribir con los pinceles y embadurnarme con óleo y témperas. Ni sabía qué era un periodista, ni una entrevista o un reportaje, y me daba igual. Soñaba con llenar cuadros y cuadros, soñaba con tener una galería propia. Quería ser pintora. Me dijeron que buscara algo con salida y estudié periodismo…  claro… El caso es que también me encantaba escribir y un profesor me encargó un entrevista. Las instrucciones eran fáciles: hay que hacer preguntas. Tenía que buscar a alguien con una historia y no lo dudé ni un segundo.

“-Entón… estiveches na guerra?

Si, para ben ou para mal, case vivín tres.

-Mataches a muitos?

Non, filla, non. Eu estaba na cociña. Ademais, os que antes botaban as armas ao lombo eran os primeiros en morrer.

(Non puiden evitar rir a gargalladas ao imaxinalo cun ridículo sombreiro de chef)

-E que cociñabas? Sabías?

Lentellas. Non, non sabía, pero non quedou outra que aprender.

-Onde estabades destinados?

Nos Montes de León.

-E como pasabades o tempo?

Contabamos historias.

-Lembras algunha?

Moitas, pero non tes idade. Pero algo curioso era cando os galegos falabamos das meigas. Un día lles preguntamos se non lle tiñan medo, como eran capaces de conciliar o sono. Ríronse de nós. Dixeron que ao único que lle tiñan medo era a se ao lobo lle daba por baixar das montañas pola noite, algo que, por outra parte, non era moi tranquilizador.

-Morreu algún dos teus amigos?

Varios, pero co que máis amizade tiña escapou polos Ancares, non volvín saber del, pero creo que aínda vive… valéche iso?

-Si, si, perfecto.”  Hoy le habría hecho muchas más.

Benito Souto Soto, 21 de septiembre de 1917, Salvaterra de Miño. Carolina Sousa David, 24 de junio de 1922, San Roque de Leiradiño. Se criaron entre guerras, padecieron sus consecuencias, pasaron hambre, se casaron, emigraron a Castilla-La Mancha, criaron a su primogénita, Carmen, y después llegó el segundo, Jose Luis.  Regresaron a Galicia en tren, cargando a sus espaldas un colchón e incluso algún mueble. Se instalaron en Redondela. Nació María. Después, otra mudanza, la definitiva. Con los años fueron padres de sus nietos, también amigos. Mientras él se encargaba de llevarlos al colegio, ella hacía la vista gorda cuando no comían todo lo del plato.

Él fumaba en pipa e iba en moto. Más tarde tuvo que dejarlo, ambos vicios. Ella prefería dar largos paseos por la orilla izquierda del río, también le valía pasar la tarde en casa y desgranar guisantes. Cada sábado volvían a la casa que había sido testigo de sus caricias. Él podaba las viñas y daba el sulfato, mientras ella peleaba con las gallinas. Con la misma navaja, él hacía un reparto equitativo de la bolsa de pipas para las nietas y ella amenazaba con pinchar el balón cuando jugaban cerca de sus plantas. Fue el 21 de junio de 2005 cuando él se cansó de todo esto y la abandonó. Carolina lloró mucho, demasiado poco tal vez. Durante varias semanas hubo que dormir con ella y convivir con su historia de amor rota.

Hace tiempo que escribió unos puntos suspensivos en su hoja de papel, el 2007 fue el año que quedó congelado en su memoria.

Anuncios

Anécdotas de una biblioteca veinteañera

Leyendo un artículo de Ivan Thays sobre la felicidad que proporciona la recomendación de libros, encontré varias reflexiones interesantes con las que coincido, por ejemplo, cuando afirma que la doble fila es lamentable o que todas y cada una de nuestras bibliotecas personales están llenas de anécdotas. Y me quedé pensando en las curiosidades ocultas de la mía.

IMG_20130116_145539

 De comida había cocido, como casi todos los domingos. Todavía me acuerdo de la cara que pusieron cuando empecé a gritar como una loca preguntando por un libro que había en el comedor. Aunque no lo he leído, es uno de los grandes tesoros que guardo. ‘A sangre fría‘ lo descubrí en una biblioteca, el ejemplar de la imagen lo encontré años más tarde en casa de la abuela. Dicen que no recuerdan ni quién lo encargó, ni por qué lo pidieron, ni si lo leyeron o lo tenían de adorno, así que me ocupé de rescatarlo y cuidarlo como se merece. De aquel comedor también adopté ‘Os vellos non deben namorarse‘, de Castelao.

Herencia materna, ‘El Lazarillo de Tormes‘ y ‘Follas novas‘ también tienen su historia. Estaban escondidos en el mueble de la entrada. A la derecha se guardaban los libros de los mayores y a la izquierda los de la colección El barco de vapor y tres de Elvira Lindo, pero encontré ‘El Lazarillo‘ y pregunté de qué iba. Sentada en la entrada, desde la cocina me explicaron que trataba de un niño que se quedaba solo en el mundo y le hacía jugarretas a un señor ciego que cuidaba, a un cura, a un caballero… “Lo voy a leer”. Me dijeron que no iba a entender nada, así que lo solté. Ya con 14, me lo pidieron en Lengua, y aquella espinita clavada desapareció. Pero esa espinita nada tenía que ver con “aquel cravo de ouro, de ferro ou de amor” que la poeta gallega tenía en el corazónAtrapé los poemas de Rosalía de Castro y ahora sus páginas rozan las de ‘Romeo y Julieta‘, también ‘Hamlet‘.

Lolita‘ esconde celosamente entre sus páginas un trébol irlandés. ‘Todo é silencio‘ huele a las calles de Dublín, al igual que el ‘Ulysses’ de Joyce, comprado en Kilkenny por 4 euros.  ‘Las venas abiertas de América Latina‘ deja a su paso un rastro de arena marroquí. Y unos cuantos me recuerdan las mañanas, tardes y noches compostelanas. ‘Berenice’ y una antología de literatura femenina me encontraron de paseo en Allariz. Hay alguno de ocasión: ‘El viejo y el mar‘, ‘La biblioteca de los muertos‘ o ‘Poeta en Nueva York‘. Es inevitable preguntarse si su anterior dueño los maltrataba o inventar los motivos de su abandono. De alguno tengo pistas, por ejemplo, sé que ‘Balada de Caín‘ perteneció a Andrea en el 88.

Las personas también están en ellos y la mayoría son María o Manuel. Pero ‘La historiadora‘ sabe a Miguel, ‘El arpa de hierba‘ a Cristina, ‘Orgullo y prejuicio‘ a Dori. Adrián comparte ‘Cabeza de turco‘, ‘Retratos‘, ‘La conjura de los necios‘, ‘La hoguera de las vanidades‘ y casi todos los de Anagrama. Carolina acorta las distancias con ‘Crucero de verano‘. Pablo se ocupa de Tolkien, Rowling, Dan Brown y Manuel Loureiro. Natalia puso en mis manos ‘Las vírgenes suicidas‘ y Débora lo consintió. Sara es ‘La tregua‘ y Rodri es parte de las aventuras de ese tal Alatriste. ‘Travesuras de la niña mala‘ y ‘Los hijos de los días‘ no están.

Comprar libros es un delito

No sé en qué momento se convirtió en una pasión enfermiza. Sólo recuerdo que, desde hace tiempo, entre diciembre y enero llego a acumular cerca de 16 libros. Regalos de familiares, de amigos y de mí misma. La lista de libros navideña se ha convertido en una tradición, más incluso que tomar las uvas en Nochevieja. Pero lo cierto es que esta tradición dura todo el año.

Hay personas que protestan. Dicen que “es un regalo demasiado fácil“. Y yo IMG_20130116_144539protesto. Digo que “si es lo que quiero…“. Otras prefieren no arriesgarse, “no vaya a ser que lo tengas“. Y algunas tiran a dar y comentan que “acabarás como el Quijote“. También dicen que el piso podría arder, que la culpa sería mía “de tantos libros que metes en casa“. El caso es que, en el seno familiar, comprar libros se ha convertido en delito nacional.

Haciendo inventario contabilicé 317 libros en mi habitación (mientras escribo esto han aumentado a 320). La provisional ampliación de la estantería, colocando unas tablas entre el hueco de la misma y la pared, ha irritado al personal en casa. Desde el armario hasta la mesa estudio hay seis huecos, pero las partituras me dejan sin uno, así que mis posibilidades se reducen a cinco, cinco que estaban hasta arriba cuando empezaron las obras. La mesa estudio abarca todo el espacio de una pared a otra. En la parte izquierda, otra estantería de cuatro huecos se funde con la de seis. Yo tenía claro que por encima del mueble iba a seguir colocando unos cuantos más, unos 100 más o así, pero tenían miedo de que los libros saltaran al vacío una noche cualquiera y se estamparan contra la cama  o, en su defecto, contra mi cabeza. Total, alivié la zona central desterrando a algunos hacia ese espacio poco digno, pero ya vuelve a estar hasta los topes.

Puesto que las obras de ampliación no han surtido efecto, las otras habitaciones están ocupadas y en el salón los vinilos ocupan gran parte del mueble, las amenazas tipo “como vuelvas a comprar otro libro, te echo de casa” o “no me importa que traigas más, tú llena la habitación, llénala, que después te vas a ir a dormir al trastero” son lo habitual. Entre eso y que no soy capaz de ir a Vigo o a Santiago y volver sin un libro, me encuentro ante un verdadero problema. Poco importa que los haya rescatado de la cesta gratuita de las bibliotecas, porque esa excusa tampoco valdrá, así que tengo que comprarlos a escondidas. Hacer que otros paguen en metálico por mí. Inventarme que están de paso, que me los dejó no sé quién, y no me queda otra que ingeniármelas para que pasen desapercibidos entre los más viejos.

Putas de cafetería

DSC_0611

No se conocieron por un tira y afloja con el último ejemplar de la biblioteca, tampoco paseando con la mirada entre los estantes, ni recogiendo el libro de la otra tras un choque premeditado de casualidad. Fue el propio autor el que las presentó en la cafetería que hacía esquina.

Una semana de lluvias torrenciales había provocado en ella un patético cuadro depresivo que la llevaba a socializar únicamente con las abejas diminutas de Fahrenheit 451, esas que zumban e inhiben toda verborrea. Harta de su insufrible vecina, llenó el saco de fetiches y salió a respirar. El olor afrutado de las piedras mojadas inundaba el ambiente. Hacía tiempo que la soledad la rondaba; ella se dejaba rondar.

Apasionada de la rutina, maniática de las aventuras, decidió entrar en el peor antro de la ciudad. Sus torpes pasos la llevaron a la mesa más apartada para no sentirse tan fuera de lugar. Echándole un vistazo furtivo a la carta de temas, alguien ocupó la silla solitaria. Tímidamente, alzó la vista hasta encontrar aquellos penetrantes ojos negros de pestañas postizas.

Y se dejó querer; tanto, que el tiempo se detuvo y no existió nada ni nadie más. Teorizaron sobre el amor, ahogaron penas en cerveza y zumo de naranja, entre pinchos de tortilla y pequeñas olivas, incluso se atrevieron a establecer una cuarta dimensión en la que sus vidas eran una. Se confesaron todos y cada uno de sus secretos, sus temores, sus pasiones. Destriparon sus anteriores relaciones, se acariciaron las manos, el pelo. No se besaron.

Soñaba que había encontrado el tú. En un mundo en el que la cultura había sido profanada, ya solo quedaba pagar por las putas de cafetería y sus conversaciones.