Entre bastidores

Hacía tiempo que no jugaba con sus herramientas, tenía miedo de enfrentarse a aquella historia en blanco y dejarla simplemente así, en blanco. Tímidamente empapó las cerdas del número diez en el azul ultramar. En cuanto el color rozó las fibras del lienzo, aquel titiritero sintió cómo su creatividad fluía desde su fina muñeca hasta el escenario en el que deseaba enfrentarse a sus fantasmas. ¿Cómo había abandonado algo tan hermoso?

Todavía era capaz de recordar al joven poeta que llenaba cuadros y cuadros con versos de óleo, pastel o acuarela. Era un alma libre. Era un alma libre, y lloraba. Con llantos conseguía colorear láminas y láminas de vida.

Un día se enfadó. Lo que había empezado como un paisaje abstracto acabó convirtiéndose en un festival de pinceladas llenas de rabia, dolor y tristeza. Pésimo. Pueril. Tuvo que rehacer lo que había estropeado. Tampoco le valió un bodegón estúpido que decidió eliminar con un paño empapado en aguarrás.

Toda persona escribe su historia, él lo hacía en sus tablas, hasta que un parón de cuatro años lo dejó sin rumbo. Un lienzo en blanco, una paleta decorada, un arsenal de pinceles de todos los tamaños y un bote de aguarrás. Eso es todo lo que se necesita. Eso, y el valor de manejarlos, porque sus dedos, su muñeca, su brazo y su mente funcionaban a través de una mecanizada memoria muscular que actuaba a modo de resorte. Pero con cada pincelada rozando las fibras entre bastidores, aquella alma en pena se daba cuenta de que el joven poeta de antaño jamás volvería. Una chispa fue suficiente para arrasar con todo.

La travesía del jinete inventado

117632_1Surgió como un fantasma raudo y veloz entre las sombras del bosque de raíces tintadas. Cabalgando sobre un imponente corcel azabache apuró el trote hasta la cima de la colina. Inspiró. Inspiró. Inspiró. Despegó las pestañas. Desde aquel punto oteó la travesía que estaba a punto de comenzar. Al final del sendero, que conducía al lago intermitente, se alzaban dos asimétricas pirámides que culminaban en un bello diamante ovalado. Y después, el infinito.

El jinete retrocedió sobre sus pasos dispuesto a descender por los manantiales de lágrimas saladas. Las herraduras gastadas salpicaban los regatos que abandonaban las cuevas de las corrientes de aire. Antes de continuar, el caballo bebió lo suficiente para soportar el vasto desierto que les esperaba. Tragó saliva.

La primera duna fue pan comido. La llanura de arena cristalizada construía las faldas de las pirámides. Pequeñas motas oscuras invitaban al jinete a adentrarse en el valle. Sus dedos rozaron las cálidas runas inscritas por el paso del tiempo en las paredes. Comprendió que no debía retrasar más su viaje, así que emprendió la ruta surcando el desfiladero.

Y la tormenta de arena dibujó un remolino con un pozo sin fondo. Tardaron días en llegar a la selva de las enredaderas, un lugar delicioso para hacer el amor; mortífero, para los que juegan a olvidarlo. El camino se bifurcaba y el corcel, agitado, atravesó los árboles de la izquierda hasta llegar a una pequeña loma desde la que se veía la meta: el dedo gordo del pie.