Noviembre de verano

La enterramos en un noviembre de verano. Era un día cálido y dos árboles de ramas desnudas custodiaban la entrada del cementerio. Aunque tenía que estar allí a las cinco, yo llegaba tarde porque se me rompió del dolor un cordón del zapato izquierdo. Entré justo a tiempo para darle el último adiós a aquella caja. Era un poco pequeña.

Su madre caminaba despacio apoyándose en una muleta. Despacio. También estaba él, que la sujetaba por un costado y no decía nada. Tenía los ojos hundidos, las cejas pobladas y ninguna lágrima. A mí, me temblaban los dedos de la mano derecha dentro del bolsillo del abrigo. Estaba apretando con fuerza el chupete que les regalé cuando me dieron la noticia. A mí, lo que me dolía era saber que se había muerto de cinco patadas en la barriga cuando su madre le dijo a él emocionada: “¡Es una niña!”