Noviembre de verano

La enterramos en un noviembre de verano. Era un día cálido y dos árboles de ramas desnudas custodiaban la entrada del cementerio. Aunque tenía que estar allí a las cinco, yo llegaba tarde porque se me rompió del dolor un cordón del zapato izquierdo. Entré justo a tiempo para darle el último adiós a aquella caja. Era un poco pequeña.

Su madre caminaba despacio apoyándose en una muleta. Despacio. También estaba él, que la sujetaba por un costado y no decía nada. Tenía los ojos hundidos, las cejas pobladas y ninguna lágrima. A mí, me temblaban los dedos de la mano derecha dentro del bolsillo del abrigo. Estaba apretando con fuerza el chupete que les regalé cuando me dieron la noticia. A mí, lo que me dolía era saber que se había muerto de cinco patadas en la barriga cuando su madre le dijo a él emocionada: “¡Es una niña!”

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Dublín

Cada mañana repetía el mismo ritual. Paraba al autobús con un leve movimiento de brazo ascendente a las 8.10. Con su melena dorada inundaba el ambiente de una esencia inconfundible y todos sabían que era ella. Siempre se sentaba en el mismo lugar, porque todos sabían que era suyo, y tras cinco minutos de reflexión, sacaba su kit con lo imprescindible. Para ella pasaba desapercibido, pero solía espiarla desde el asiento de atrás, porque, como al resto, me cautivaba con aquel aroma dulzón que bien podría ser melocotón o pomelo.

Con una maestría brillante comenzaban las pinceladas. Lo primero, polvos mágicos de color tierra pintaban toda la superficie facial. Seguía con la decoración, a veces azulada, otras, color salmón, de los párpados. Una fina mina delineaba sus cejas rubias. La tinta negra aumentaba el volumen de sus pestañas. Con una brocha untada en polvos rosados intensificaba sus frágiles pómulos de porcelana. Hidrataba sus delgados labios con un gloss transparente, de sabor fresa. Y con el movimiento hipnotizador de la fricción del superior con el inferior, un dulce mordisco, daba por concluido su rito matutino.

Ni siquiera el constante e incómodo traqueteo del vehículo amarillo de dos pisos lograba que cesara en su obra de arte. Yo era capaz de atisbar sus facciones a través del delicado espejito que sostenía, pero no su mirada. Nunca me enseñó el resultado final, para mí solo era un fantasma, una melena rubia sin rostro que cada mañana maquillaba 30 años de recuerdos para después perderse entre las calles de Dublín.

Entre bastidores

Hacía tiempo que no jugaba con sus herramientas, tenía miedo de enfrentarse a aquella historia en blanco y dejarla simplemente así, en blanco. Tímidamente empapó las cerdas del número diez en el azul ultramar. En cuanto el color rozó las fibras del lienzo, aquel titiritero sintió cómo su creatividad fluía desde su fina muñeca hasta el escenario en el que deseaba enfrentarse a sus fantasmas. ¿Cómo había abandonado algo tan hermoso?

Todavía era capaz de recordar al joven poeta que llenaba cuadros y cuadros con versos de óleo, pastel o acuarela. Era un alma libre. Era un alma libre, y lloraba. Con llantos conseguía colorear láminas y láminas de vida.

Un día se enfadó. Lo que había empezado como un paisaje abstracto acabó convirtiéndose en un festival de pinceladas llenas de rabia, dolor y tristeza. Pésimo. Pueril. Tuvo que rehacer lo que había estropeado. Tampoco le valió un bodegón estúpido que decidió eliminar con un paño empapado en aguarrás.

Toda persona escribe su historia, él lo hacía en sus tablas, hasta que un parón de cuatro años lo dejó sin rumbo. Un lienzo en blanco, una paleta decorada, un arsenal de pinceles de todos los tamaños y un bote de aguarrás. Eso es todo lo que se necesita. Eso, y el valor de manejarlos, porque sus dedos, su muñeca, su brazo y su mente funcionaban a través de una mecanizada memoria muscular que actuaba a modo de resorte. Pero con cada pincelada rozando las fibras entre bastidores, aquella alma en pena se daba cuenta de que el joven poeta de antaño jamás volvería. Una chispa fue suficiente para arrasar con todo.

La travesía del jinete inventado

117632_1Surgió como un fantasma raudo y veloz entre las sombras del bosque de raíces tintadas. Cabalgando sobre un imponente corcel azabache apuró el trote hasta la cima de la colina. Inspiró. Inspiró. Inspiró. Despegó las pestañas. Desde aquel punto oteó la travesía que estaba a punto de comenzar. Al final del sendero, que conducía al lago intermitente, se alzaban dos asimétricas pirámides que culminaban en un bello diamante ovalado. Y después, el infinito.

El jinete retrocedió sobre sus pasos dispuesto a descender por los manantiales de lágrimas saladas. Las herraduras gastadas salpicaban los regatos que abandonaban las cuevas de las corrientes de aire. Antes de continuar, el caballo bebió lo suficiente para soportar el vasto desierto que les esperaba. Tragó saliva.

La primera duna fue pan comido. La llanura de arena cristalizada construía las faldas de las pirámides. Pequeñas motas oscuras invitaban al jinete a adentrarse en el valle. Sus dedos rozaron las cálidas runas inscritas por el paso del tiempo en las paredes. Comprendió que no debía retrasar más su viaje, así que emprendió la ruta surcando el desfiladero.

Y la tormenta de arena dibujó un remolino con un pozo sin fondo. Tardaron días en llegar a la selva de las enredaderas, un lugar delicioso para hacer el amor; mortífero, para los que juegan a olvidarlo. El camino se bifurcaba y el corcel, agitado, atravesó los árboles de la izquierda hasta llegar a una pequeña loma desde la que se veía la meta: el dedo gordo del pie.

Mi primera entrevista en el 36

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“Eu tiña catorce anos, era o 18 de xullo de 1936 e estabamos bailando na festa do Carmen en San Mateu, en Ponteareas, sabes? Onde paramos os sábados a comprar as rosquillas cos teus pais antes de chegar á aldea…

-Si, si, xa sei. A ver, conta, que máis?

Pois estabamos alí, na festa do Carmen, en San Mateu, ie… de súpeto, apareceron os gardas. Pararon a música e subiron ao palco berrando: “¡¡Estamos en guerra, estamos en guerra!! Mataron en Madrid a José Calvo Sotelo, todos para as vosas casas…”

Me entregaron el texto publicado el día del entierro de su marido. No pude asistir. Se merecían que alguien contara su historia, aunque sus manos ásperas y llenas de surcos delataban que ya la habían escrito hacía tiempo: él, en las vías del tren, y ella, en casa criando a tres hijos, siete nietos “e botando as patacas”.

“Os comunistas querían tomar o poder, pero Franco mobilizouse e comezou a recrutar a todos os mozos de máis de 18 anos para levalos ao fronte. Os comunistas mataban pola noite aos de dereitas e pola mañá aparecían todos os corpos tirados nas cunetas, dende As Neves ata Ponteareas. Aquí, en Leiradiño, queimaron a igrexa e romperon os cruceiros, destrozaron a zona onde xogabamos os domingos.

Franco gañou a guerra, pero aínda así aparecían corpos tirados pola estrada. Era a esquerda. Conteiche algunha vez que tiven un compadre comunista?

-Creo que non…

Pois si, tiña un compadre comunista. Era zapateiro. Tiña unha zapatería e nela reuníase cos seus amigos para lidiar e ir contra os de dereitas, e sabes que?

-Que?

Cando Franco acadou o poder, levárono ao Castro, en Vigo, e matárono. Déronlle o famoso paseíllo. En Redondela sucedeu algo similar. Ai! Tiñamos un médico tan bo… Chamábase Telmo Bernárdez, era moi querido entre nós, e un día viñeron os gardas a por el. Todos protestamos, xa che dixen que era moi querido, rogamos e suplicamos que non o matasen…. Para cando chegou o indulto, xa se desfixeran del.

-E como era o conto do bacallau?

Ah! Pois nada, o dito viña sendo: ” Franco entrará en Bilbao cando este gato coma bacallao”.  Os vascos colgáranche un gato morto atado a un pau con ese carteliño. Durante a guerra, todos os alimentos estaban racionados. Pasouse moita fame. Pasei moita fame. A xente chegaba aos extremos de rillar os carozos das espigas de millo e con eles facían pan. Miña nai pasaba por Arbo a miúdo, sabes que está aí ao lado, preto de Portugal. Por aí circulaban os alimentos, ela collía canto podía para nós e para as veciñas de Leirado”.

Ya no levanta la vista y juega con el anillo entre sus dedos marchitos. Suspira. Le pregunto por él y se lleva la mano a su fino cabello.

“El foi a guerra aos 18 anos, xa sabes. Non tivo outro remedio. Era cociñeiro. Case todos os días tiña que facer lentellas, por que cres que sempre funga cando llas poño no prato? Di que non mas quere porque quedou farto delas naqueles anos”.

Y su mirada se pierde en el mantel.

Esta conversación tuvo lugar años más tarde, mucho después de mi primera entrevista con él en el 36. Me robaron la publicación en cuanto me subí al coche. Intenté resistirme porque no era el momento, tampoco el lugar. Quería evitar precisamente lo que sucedió, hacer llorar a nadie. No era el momento. Avergonzada la escondí, y la enterré, al igual que ella lo enterró a él.

“As meigas nos Montes de León”

Por aquel entonces, en el 36, me apasionaban los lienzos, escribir con los pinceles y embadurnarme con óleo y témperas. Ni sabía qué era un periodista, ni una entrevista o un reportaje, y me daba igual. Soñaba con llenar cuadros y cuadros, soñaba con tener una galería propia. Quería ser pintora. Me dijeron que buscara algo con salida y estudié periodismo…  claro… El caso es que también me encantaba escribir y un profesor me encargó un entrevista. Las instrucciones eran fáciles: hay que hacer preguntas. Tenía que buscar a alguien con una historia y no lo dudé ni un segundo.

“-Entón… estiveches na guerra?

Si, para ben ou para mal, case vivín tres.

-Mataches a muitos?

Non, filla, non. Eu estaba na cociña. Ademais, os que antes botaban as armas ao lombo eran os primeiros en morrer.

(Non puiden evitar rir a gargalladas ao imaxinalo cun ridículo sombreiro de chef)

-E que cociñabas? Sabías?

Lentellas. Non, non sabía, pero non quedou outra que aprender.

-Onde estabades destinados?

Nos Montes de León.

-E como pasabades o tempo?

Contabamos historias.

-Lembras algunha?

Moitas, pero non tes idade. Pero algo curioso era cando os galegos falabamos das meigas. Un día lles preguntamos se non lle tiñan medo, como eran capaces de conciliar o sono. Ríronse de nós. Dixeron que ao único que lle tiñan medo era a se ao lobo lle daba por baixar das montañas pola noite, algo que, por outra parte, non era moi tranquilizador.

-Morreu algún dos teus amigos?

Varios, pero co que máis amizade tiña escapou polos Ancares, non volvín saber del, pero creo que aínda vive… valéche iso?

-Si, si, perfecto.”  Hoy le habría hecho muchas más.

Benito Souto Soto, 21 de septiembre de 1917, Salvaterra de Miño. Carolina Sousa David, 24 de junio de 1922, San Roque de Leiradiño. Se criaron entre guerras, padecieron sus consecuencias, pasaron hambre, se casaron, emigraron a Castilla-La Mancha, criaron a su primogénita, Carmen, y después llegó el segundo, Jose Luis.  Regresaron a Galicia en tren, cargando a sus espaldas un colchón e incluso algún mueble. Se instalaron en Redondela. Nació María. Después, otra mudanza, la definitiva. Con los años fueron padres de sus nietos, también amigos. Mientras él se encargaba de llevarlos al colegio, ella hacía la vista gorda cuando no comían todo lo del plato.

Él fumaba en pipa e iba en moto. Más tarde tuvo que dejarlo, ambos vicios. Ella prefería dar largos paseos por la orilla izquierda del río, también le valía pasar la tarde en casa y desgranar guisantes. Cada sábado volvían a la casa que había sido testigo de sus caricias. Él podaba las viñas y daba el sulfato, mientras ella peleaba con las gallinas. Con la misma navaja, él hacía un reparto equitativo de la bolsa de pipas para las nietas y ella amenazaba con pinchar el balón cuando jugaban cerca de sus plantas. Fue el 21 de junio de 2005 cuando él se cansó de todo esto y la abandonó. Carolina lloró mucho, demasiado poco tal vez. Durante varias semanas hubo que dormir con ella y convivir con su historia de amor rota.

Hace tiempo que escribió unos puntos suspensivos en su hoja de papel, el 2007 fue el año que quedó congelado en su memoria.

Putas de cafetería

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No se conocieron por un tira y afloja con el último ejemplar de la biblioteca, tampoco paseando con la mirada entre los estantes, ni recogiendo el libro de la otra tras un choque premeditado de casualidad. Fue el propio autor el que las presentó en la cafetería que hacía esquina.

Una semana de lluvias torrenciales había provocado en ella un patético cuadro depresivo que la llevaba a socializar únicamente con las abejas diminutas de Fahrenheit 451, esas que zumban e inhiben toda verborrea. Harta de su insufrible vecina, llenó el saco de fetiches y salió a respirar. El olor afrutado de las piedras mojadas inundaba el ambiente. Hacía tiempo que la soledad la rondaba; ella se dejaba rondar.

Apasionada de la rutina, maniática de las aventuras, decidió entrar en el peor antro de la ciudad. Sus torpes pasos la llevaron a la mesa más apartada para no sentirse tan fuera de lugar. Echándole un vistazo furtivo a la carta de temas, alguien ocupó la silla solitaria. Tímidamente, alzó la vista hasta encontrar aquellos penetrantes ojos negros de pestañas postizas.

Y se dejó querer; tanto, que el tiempo se detuvo y no existió nada ni nadie más. Teorizaron sobre el amor, ahogaron penas en cerveza y zumo de naranja, entre pinchos de tortilla y pequeñas olivas, incluso se atrevieron a establecer una cuarta dimensión en la que sus vidas eran una. Se confesaron todos y cada uno de sus secretos, sus temores, sus pasiones. Destriparon sus anteriores relaciones, se acariciaron las manos, el pelo. No se besaron.

Soñaba que había encontrado el tú. En un mundo en el que la cultura había sido profanada, ya solo quedaba pagar por las putas de cafetería y sus conversaciones.

Anacos dunha terra, dunha cultura; anacos meus

Bolboreta, xoaniña, gaiola, beizos, ledicia, cogumelo, xanela, meiga, noite, luscofusco, aloumiñar, papoula, pomba, burbulla, vagalume ou  lucecú, albiscar, arume, tartaruga, lares, coiro, enxebre, pinga, miúdo, moucho, carballo, bacoriño, torreiro, alecrín, verme, cabelo, chorar, sorriso, estoupar, ollos, orballo, fonte, ar, asubío, sempre, fraga, amorodo, cadela, anaco, vento, silveira, lóstrego, cuncha, cabaza, ameixa, lume, mentireiro, trasno, agarimo, ollomol, camiño, parrulo, rula, bico, badalada, arrincar, aturuxo, lareira, retranca, macanudo, arroutada, cheirar, parafuso, abraiar, lembranzas, funil, leira, bágoa, niño, xantar, feiticeira, esguello, aperta, vacaloura, cerdeira, cativo, loitar, cinza, desexar, feixe, estrume, muíño, ferir, tixola, axiña, lúa, píntega, espreitar, anduriña, fermoso, escuitar, brétema, vieira, pega, lingua, doce, cravo, casamento, nocellos, pexego, recuncho, son, estraloque, rianxeira, escuro, moreira, mollar, pó, beiramar, castiñeiro, durmir, morte, acougo, saudade, agasallo, millo, apañar, chuchamel, saia, calar, dorna, raposo, bandeira, irmá, mágoa, cuspir, espantallo, donicela, esquío, curuto, besbello, abofé, laranxa, carallo, encher, medo, ruxeruxe, salgueiro, meniña, cantiga, axexar, entroido, desacougo, morea, cadaleito, miñoca, larpeirada,… Morriña, sempre morriña.

Feliz 25 de xullo, feliz Día da patria, feliz Día de Galicia.