La injusticia de las listas blancas

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Cristina Pichel/ SANTIAGO Es la primera vez que escribo de ello más allá de las hojas del periódico. De noche, cuando el último haz de luz deja de brillar, todavía escucho esos llantos. Desgarradores. Y pienso en esa sensación que una tiene cuando sueña, es consciente, y se dice: “Tranquila, un sueño solo puede durar lo que tarda el despertador en sonar”. Pero esa noche no sonó.

Había sido un día sosegado el de ese miércoles y la verdad, no preveía grandes complicaciones en el cierre. Maldita sea, ahora recuerdo que lo dije: “Te puedes marchar, ¿qué va a pasar?”. Y pasó. Recuerdo cómo me empezaron a temblar las piernas en la silla al ver ese teletipo fugaz, lleno de vaguedades. Lo leí unas tres veces hasta que inicié la carrera hacia el despacho de mi jefe y allí, con la puerta abierta, empecé a escuchar el horror. El sonido de cientos de sirenas había colapsado el aire compostelano.

Lo demás, se lo pueden imaginar. Contesté más llamadas de países latinoamericanos que de familiares preocupados y tiré a la basura la apertura de la sección; ya no tenía sentido. Hice -hicimos- otras muchas cosas en esas horas antes de apagar el ordenador, pero todas ellas carecen de importancia ya, porque la jornada esta vez no se acabó al cerrar la puerta. Fue entonces donde todos perdimos la noción del tiempo.

Creo que nunca vi tanta cola en el McDonals a esa hora indeterminada de la madrugada, ni tantas luces encendidas en ese edificio desconocido cuyo nombre se me atragantó en un principio y que hoy recuerdo como la tabla de multiplicar. O incluso mejor. Al Cersia acudieron todos los que dependían de una esperanza, de una injusta lista que llegaba a cada mucho de la otra punta de la ciudad. La lista blanca, la bauticé. Llegó una compañera y me dijo: “¿Qué se supone que tenemos que hacer aquí?”. Le conteste con la cara desencajada: “No sé”. Ella se apartó y empezó a sollozar. Para que después digan que los periodistas carecemos de sentimientos. Corrijo, algunos parece que sí.

Y como no sabía cómo actuar me limité a observar y a escuchar. En los bancos, en el frío cemento, caras de desolación, miradas perdidas y desmayos tras un grito desgarrador. No solo eran llantos, eran chillidos tan enérgicos como los de un bebé cuando se le quita el chupete. Entre medias, la otra cara: “Oye, seguimos aquí, pero no podemos perder la esperanza, ¿vale?”. Ahí me di cuenta de la verdadera fuerza del ser humano, que se agarra a cualquier hilo, por muy fino y débil que sea. Me pareció a la vez tan encomiable como injusto que rompí a llorar. Yo sabía, todos lo sabíamos, que las listas blancas se estaban acabando, que la esperanza cada vez latía con menos fuerza y que tanto familiares, amigos como allegados se tenían que enfrentar a lo peor que hay en esta vida: Despedirse de un ser querido con un “hasta luego” y encontrarte un “hasta siempre”.

Qué injusto fue aquel 24 de julio. Qué injustas las listas blancas.