Yo, yo misma y la celiaquía

Ayer salía publicado en El País un reportaje sobre la celiaquía. Es quizás el reportaje más completo que he visto en un medio sobre esta enfermedad que afecta al 1% de la población española, y servidora, pertenece a ese ínfimo 1%.

A diferencia de lo que el autor señala en los destacados, mi caso lo detectaron en tan solo 3 meses, doy gracias de no tener que haber esperado el diagnóstico 8 años, entre dolores de barriga y anemias ferropénicas interminables. Pero cuando el médico me anotó en la lista de sus celíacos favoritos, lo cierto es que era la tercera persona más joven, ya que los demás compañeros del gremio rondaban los 40 e incluso, algún atrevido, los 70. El señor digestivo anotaba la edad a la que era detectada la enfermedad y me explicaba: “Hay gente que se pasa la vida tomando hierro y continúan con la anemia, otros no presentan ningún síntoma y muchas mujeres llegan a los 40 con 5 abortos, quizás vosotras os lleváis la peor parte”. Guau!

Con un poco de suerte naces celíaco y desde los 2 años le escapas al pan porque te dicen que es malo y te hace daño. Si te descubren la celiaquía en la edad adulta, bueno, no tienes más remedio que asumirlo y adaptarte. Al principio te lo tomarás muy en serio, después harás el tonto arriesgándote a comer cosas sin comprobar que no tengan gluten, hasta que un día te dejes las tripas porque el gluten se las está cargando, seguro, seguro, que no vuelves a tentar a la suerte.

En cuanto te diagnostican la celiaquía te pones a dieta y ya está. Prohibidos quedan el trigo, la avena, el centeno, la cebada y el triticale, así como sus derivados, que para ti pasan a mejor vida. Es entonces cuando amarás al maíz por encima de todas las cosas, la pasta de maíz, la harina de maíz, el almidón modificado de maíz y también el arroz y la fécula de patata. ¿Menuda enfermedad más chorra no? Puedes comer lo mismo de antes, pero hecho con distintos ingredientes.

A partir de aquí, empieza la odisea por los supermercados comprobando cada etiqueta minuciosamente, creo que no os podéis imaginar la de porquerías que llevan los alimentos. Porque vale, sabes qué es lo que tienes prohibido, prohibidísimo, pero luego están los alimentos que depende, depende de que conservantes lleve, depende del cacao y cómo los odio. Pero sin duda, los peores son los que te ponen que puede llevar gluten, es la versión de la ruleta rusa en los alimentos, es decir, me juego la flora intestinal un fifty fifty, a lo mejor sí, a lo mejor no, a lo mejor sí, a lo mejor no.

La gente tiene que alucinar con una tía que se pasa 5 minutos revisando las etiquetas de todo lo que van en su cesta de la compra, pero eso era al principio. Tanto la Asociación de Celíacos de Galicia (ACEGA) como FACE te facilitan mucho la vida. Cada año recibes un libro con miles de productos aptos para una dieta sin gluten, algo que evita detenerte en el supermercado a cada paso que das. Cada vez más, el libro cuenta con una amplia gama de productos sin gluten que permiten una dieta completa a la vez que variada.

¿Ignorancia o pérdidas económicas?

Normalmente, cuando le digo a alguien que soy celíaca la gente me dice que es una putada. Depende, en casa no me faltan las pizzas caseras de la abuela ni las tartas de mamá, cuando vas a cenar fuer sí que es cierto que se complica el asunto. ¿Ignorancia tal vez? No lo sé. Recuerdo que hace unos años ni yo misma sabía lo que era un celíaco. En una cena con los compañeros de la facultad, un chico apareció equipado con el típico tupperwere universitario con una ensalada de pasta, alguien que como yo no entendía por qué se traía la comida de casa se lo preguntó y dijo que era celíaco, todos parecían saber de qué iba el tema, yo, ni idea. Esa noche al llegar a casa lo busqué en la web, me informé un poco del tema y sí, pensé lo de “¡qué putada!” Mira tú por donde que al vecino le viene el suyo por el camino. Pero lo cierto es que hoy en día no se puede ignorar este tema que está a la orden del día.

Lo que me sigue llamando la atención, a la vez que me preocupa, es que en el panorama de hostelería y restauración no se tienen en cuenta como deberían las intolerancias alimenticias, si ya es difícil a veces para un celíaco ir a cenar, no quiero pensar otra intolerancia menos habitual. ¿Pérdidas económicas? No, creo que no, porque con lo que me clavan por cada plato especial que pido…

Y en cuanto al desconocimiento o conocimiento de la enfermedad, me encuentro de todo. Si queréis pasar un rato divertido invitadme a cenar, en serio, no tiene pérdida. Mis amigos lo pasan en grande cada vez que salimos por ahí, a veces por escasez de información:

-Mira perdona, ¿ la zorza tiene gluten?

– Espera que pregunto

(5 minutos después)

– No, no sabemos si tiene gluten o no, pero es para celíacos.

-Eeeeh, sí, es que el gluten es lo que no pueden tomar los celíacos.

-Aquí viene una niña celíaca que toma un poquito y no le pasa nada.

-Vale, gracias.

Obviamente ni la pruebo. Y otras por exceso de información que te hacen sentir como un homicida: “Pero a ver, ¿cómo de celíaca eres?”, pues no sé si soy de primer, segundo, tercer o cuarto grado. Llamamiento al sector hostelero para que se pongan las pilas en intolerancias y alergias alimenticias a la de ya. ¿Y qué decir sobre los altos precios de los productos sin gluten o la falta de subvenciones para la cesta de la compra? Mejor no entrar en este debate porque si no nos dan las uvas, otra vez.

Mmm, creo que estoy hecha toda un experta y me podría pasar caracteres y caracteres contando una anécdota tras otra, pero ya si eso, quedamos un día para cenar.