La catarsis después del libro: Truman Capote

En este mundo; hoy, mientras estamos vivos, algunos dicen de nosotros lo peor que pueden decir, pero cuando estemos muertos y dentro de nuestras cajas, vendrán a deslizar flores en nuestra mano. Querrías tú darme flores ahora, mientras aún estoy viviendo…”                                                                

In Cold Blood, Truman Capote

Herbert, Bonnie, Nancy, Kenyon, cuatro miembros de una familia, cuatro muertos.  En noviembre de 1959, dos hombres irrumpían en la granja de la familia Clutter para matar brutalmente a su propietario, a su esposa y a dos de los hijos del matrimonio, con motivo de  hacerse con la “gran fortuna” que se suponía que poseían.

Un crimen que conmocionó a toda la comunidad de Holcomb, en el estado de Kansas, y a toda la nación estadounidense, un crimen salvaje y poco menos que gratuito, ya que la muerte de cuatro personas solo reportó a los criminales un botín de apenas  unos 40 dólares. Pero la masacre proporcionó a un periodista norteamericano el argumento perfecto para una de las más maravillosas novelas que jamás se haya escrito.

Fueron 6 años los que Truman Capote dedicó a reconstruir la tragedia, en parte por la prolongación de la condena de los asesinos en varias ocasiones, ya que fueron condenados a la horca en 1960, pero se impugnó el veredicto alegando injusticia en el proceso y se volvió a abrir el caso hasta que en 1967 se ejecutó la sentencia. Con una gran labor de documentación, rigurosa y exhaustiva, junto con las insaciables entrevistas que realizó en el pueblo y a los asesinos, Capote daba vida a su novela de mayor éxito mundial: A sangre fría.

El escritor anticipa al inicio de la obra:

“Todo el material que empleo en este libro, cuando no corresponde a mi observación directa, procede de archivos oficiales o es resultado de mis entrevistas con personas directamente interesadas en esta historia, entrevistas que, en la mayoría de los casos, se repitieron durante un tiempo indefinido. Como esos “colaboradores” figuran en el texto, sería pecar de redundancia nombrarlos también aquí, pero, no obstante, quiero expresarles mi gratitud porque sin su paciente cooperación, mi tarea hubiera sido imposible….

Y final y muy especialmente, al señor William Shawn de The New Yorker, que me animó a emprender esta tarea y cuyos consejos tan útiles me fueron desde el principio hasta el final”.

In Cold Blood

Paralelamente a la investigación del crimen, Capote muestra cómo se desarrolla la vida de los asesinos, sus viajes, sus experiencias, y profundiza en sus personalidades. A lo largo de la novela las dos historias, lo que sucede en el pueblo y la vida de los asesinos, se intercalan; constantemente se producen cambios de escenarios. La forma en que Capote estructura el relato nos traslada a una butaca enfrente de la gran pantalla, ya que la técnica recuerda a la utilizada en las películas.

Pero si hay algo por lo que se caracteriza la novela A sangre fría es por un realismo llevado hasta los extremos, derivado de la  gran cantidad de documentación que consiguió el autor a través de las declaraciones de los habitantes de Holcomb. Echando mano de entrevistas con los familiares de las víctimas, los vecinos del pueblo, la policía e incluso con los criminales, Truman Capote reconstruye la trágica historia que conmocionó a la humanidad.

En esta novela se da una perfecta combinación entre realidad y  literatura; Capote pasó varios años recogiendo la documentación imprescindible para su obra,  fue tirando del hilo y siguiendo el rastro de un crimen con las entrevistas a prácticamente todo el pueblo. Cada detalle, cada pista, por muy pequeña que fuera, quedan reflejados en la novela. El autor se mete en la piel de cada personaje, en sus sentimientos y pensamientos, pero con Perry Smith consigue fusionarse, quizás porque, en cierto modo, se sentía identificado con él. Pero lo más destacable es que consigue reconstruir a las cuatro víctimas como si él fuera un vecino de la comunidad de toda la vida, el lector llega a conocerlas hasta el punto de sentirse acongojado en el momento de los asesinatos, y realmente, da miedo.

 El mismo efecto consigue con Perry y Dick, los asesinos. Capote hace una caracterización tan detallada que llegamos a familiarizarnos con ellos y sentimos lástima por su situación, algo que a él mismo le sucedió, sobre todo con Perry, al que llegó a considerar su amigo. El hecho de que Truman Capote se centre en la psicología de los criminales y que nos haga ver su lado más humano desnudándolos y dejando entrever sus emociones, sus miedos más profundos o sus proyectos de futuro, nos invita a reflexionar sobre la pena de muerte, condena inevitable para todos los que cometieran un crimen por aquel entonces en Estados Unidos, y de alguna forma se nos plantea una cuestión moral: ¿deben Dick y Perry pagar sus crímenes con su propia vida? Capote deja muy claro que él no lo cree, en ningún momento se encuentra una crítica hacia ellos, él consigue que conozcamos a dos personas y no a dos asesinos.

La descripción detallada es una constante en la novela, pero en los crímenes puedo decir que todavía veo el resplandor y resuena en mi interior el sonido atronador de los cuatro disparos. Todavía me estremezco con las súplicas. Todavía escucho al señor Clutter dialogando con Perry como si fuera otro de sus hijos. Y todavía siento el nudo en la garganta ante la larga espera del clic del gatillo. También me tiemblan las rodillas al recordar a la amiga de Nancy abriendo la puerta de su habitación, y visualizo, como ella, la pared teñida de rojo pasión.

A sangre fría también se caracterizada por el suspense y los elementos que a la hora de esclarecer un crimen encontramos, como todo el proceso de investigación, la persecución policial, interrogatorios, confesiones, juicios… La estructura de la novela  nos presenta todo el proceso completo, desde el momento en el que se  produce el crimen, todas y cada una de las fases para resolverlo, hasta el juicio y la ejecución de los criminales. A lo largo de la narración distinguimos varias partes, en la primera se nos describe los momentos previos y posteriores a la tragedia, pero no el crimen en sí. Esta técnica narrativa, crea en el lector una sensación de vacío, la sensación de que nos falta la pieza clave para completar este quebradero de cabeza, una sensación que permanece a lo largo de la obra hasta la confesión de los criminales en la tercera parte. Capote crea el morbo en el lector, por muy desagradable, por muy salvaje, por muy terrorífico que fuera el crimen, tú quieres estar en aquella granja y revivir los acontecimientos.

Lo asombroso y lo más destacado de la novela es la forma en la que la realidad tiñe sus páginas mediante pinceladas de elementos periodísticos y literarios. Hacer que el lector reviva una terrible historia, que la sienta en sus propias carnes a través de una descripción extremadamente detallada, es una de las mejores sensaciones que crea. Por otra parte está la capacidad del autor de influir en los sentimientos del lector,  modificando la opinión sobre los asesinos, poco a poco, a lo largo de la obra, y de conocer en profundidad a los distintos personajes.

Pero sin duda, lo mejor de todo, es que Capote, desde que la empezó, a la vez iba que dando todos los pasos necesarios para un reportaje de investigación y profundidad, nacía una gran obra del género negro. A sangre fría es más que una novela, detrás está el trabajo de un profesional que tardó años en finalizarlo y que consiguió dejar una huella demasiado profunda en lo más hondo de su persona, pero que también lo hará en todos y cada uno de sus lectores. A sangre fría es más que una novela, personalmente, la mejor lectura que jamás he tenido entre mis manos.


Su obsesión: El principio del fin

Joseph M. Fox tuvo la oportunidad de conocer al escritor norteamericano en 1960, y hasta 1977 se veían con frecuencia dentro y fuera de la oficina, además de los numerosos viajes juntos a Kansas, dos veces por semana, mientras el novelista trabajaba en A sangre fría.

Fox afirmaba que 1966 fue un año maravilloso para Capote, ya que dos semanas después de firmar el contrato de Plegarias atendidas, obra inacabada, se publicaba A sangre fría como libro, con una gran resonancia y una magnífica acogida.

Capote fue portada de varias revistas del país y la reseña principal en prácticamente todas las secciones de libros del domingo estuvo dedicada a su nueva obra, que a lo largo del año llegaría a alcanzar ventas de más de 300.000 ejemplares. Durante 37 semanas, A sangre fría encabezó la lista de los best-sellers del New York Times y se vendió más que cualquier otro libro no novelístico. Desde entonces ha sido publicado en unas 24 ediciones extranjeras, y solo en Estados Unidos el número de ejemplares vendidos ha ascendido a la friolera de 5 millones.

Pero estas cifras tan abrumadoras no eran más que el principio del fin. El propio Fox, editor norteamericano, escribía que la impresión que daba el autor era la de que se merecía un respiro, y afirma que la misma impresión tenían la mayoría de sus amigos. “La investigación y la composición de A sangre fría le había llevado casi seis años, y constituyó para él una experiencia traumatizante“, explica el editor norteamericano en sus notas, a modo de prólogo de Plegarias atendidas.

Pero entre la experiencia de su gran obra maestra, varias críticas recibidas por sus nuevos relatos, el parón en la nueva obra que estaba cocinando y su desesperación personal, llevaron a Capote a una crisis creativa, una obsesión:

Para empezar, creo que la mayoría de los escritores , incluso los mejores, escriben de forma excesivamente elaborada, prefiero quedarme corto. La sencillez y la claridad de un riachuelo de campo. Sin embargo, mi impresión era que mi estilo se estaba haciendo demasiado denso, que necesitaba tres páginas para lograr efectos que debería ser capaz de conseguir en un solo párrafo

Releí A sangre fría y reaccioné del mismo modo: había demasiadas partes en las que no había escrito todo lo bien que podía hacerlo, en las que no me había entregado por completo. Lentamente, pero con una alarma cada vez más intensa, leí palabra por palabra todo lo que había publicado, y llegué a la conclusión de que nunca, ni siquiera un sola vez en toda mi vida de escritor, había explotado totalmente toda la energía y las emociones estéticas que albergaba aquel material. Hasta cuando aquello era bueno, veía que en ningún momento había trabajado con más de la mitad, a veces solo una tercera parte de mis facultades. ¿Por qué?”

Y en plena depresión, continuaba su personal caza de brujas con duras autocríticas:

“La respuesta, que descubrí tras meses de meditación, es simple, pero no muy satisfactoria. Lo cierto es que no disminuyó mi depresión; en realidad, la aumentó. Ya que la respuesta originaba un problema aparentemente irresoluble, y, si no era capaz de resolverlo, más valía que dejara de escribir. El problema era: ¿Cómo puede un escritor aunar con éxito, en una única forma, digamos el relato corto, todos sus conocimientos acerca de otras formas de escribir? Ya que ése era el motivo por el cual mi obra resultaba a menudo tan insuficientemente iluminada. No me faltaba la energía, pero al limitarme yo mismo a las técnicas de la forma en la que estaba trabajando, no utilizaba todos mis conocimientos del acto de escribir, todo lo que había aprendido en guiones de cine, obras de teatro, reportajes, poesía, cuentos, novela corta, novela. Un escritor debería tener a su disposición todos los colores y todas sus habilidades en la misma paleta, y ser capaz de mezclarlos, (y en los casos convenientes, aplicarlos simultáneamente). ¿Pero cómo?”

Sea como fuere, de lo que no existen dudas es que A sangre fría fue un título que entusiasmó a millones de lectores en todo el mundo. Obra cuyo impacto la convirtió en noticia y en la comidilla de las altas esferas. Historia que triunfó clamorosamente, pidiendo a gritos una relectura, porque es una auténtica obra maestra, con una calidad exquisita, con méritos excepcionales y con la capacidad para cautivar y emocionar al lector. En definitiva, la obra que marcó un hito en la narrativa y en el nuevo periodismo.

Oda a un genio

Fox explica que después de 1976, la relación entre él y Truman se fue deteriorando lentamente. El editor buscó una explicación lógica a este hecho: “Quizá también se diera cuenta de  que sus facultades literarias iban decayendo y temía que fuese un juez muy rígido. Además, debió de sentirse culpable y  terriblemente asustado por la ausencia de progreso en su obra Plegarias atendidas”. A medida que pasaba el tiempo, el escritor trataba de engañar a sus editores y un último factor fundamental en la erosión de su amistad con Fox, fue la dependencia creciente de Capote al alcohol y a sustancias desde 1977 en adelante.

Ahora me doy cuenta de que no fui todo lo comprensivo que debería haber sido con su situación. En lugar de eso me concentré en el desperdicio de su talento, en sus autoengaños, en sus incesantes divagaciones, en lo incomprensible de sus llamadas a la una de la madrugada, y sobre todo en la pérdida de mi encantador, ingenioso y travieso compañero que aquellos primeros 16 años al que egoístamente lloraba, más de los que lloré su creciente dolor“.

A estos hechos, les sucedió la pérdida de los capítulos de Plegarias atendidas, y aunque existen varias teorías, Fox sostenía que fue el propio autor el que destruyó todo vestigio de cualquier capítulo que hubiese escrito, excepto los tres que posteriormente se publicaron. El editor explica que Capote estaba muy orgulloso de su obra, pero mostraba una objetividad poco corriente respecto a ella, aunque tal y como afirma:

“Solo hay alguien que conoce la verdad, y ese alguien está muerto. Que Dios le bendiga”

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